Lo que me enseñó el amor

por Maya Valle

Maya-Valle-2008San Juan de la Cruz decía que “el amor es un no sé qué, que viene no sé de dónde, se mete no sé por dónde y mata no sé con qué”. Basándonos en esta definición, podemos concluir que el amor es algo muy difícil de definir, pero que todos queremos sentir. Como no sabemos lo que es ni de dónde viene, nos pasamos buscándolo dondequiera y comoquiera en la espera de que “ese amor” nos libere del miedo, del sufrimiento, de estados de escasez e insuficiencia, de ansiedades y depresiones, en fin, de todo aquello que no nos “hace feliz”.
El amor es y seguirá siendo por mucho tiempo el centro de nuestra vulnerabilidad, de nuestra inmensa fragilidad. Y si hay una cosa clara para mí, es que en relación con el amor, nadie puede ser portador de una experiencia que sirva a otro o a otra. En materia del amor, no hay economía posible del dolor; no hay experiencia de otro, de otra, que sirva; no hay recetas que valgan; no hay leyes que manden o prescriban… No hay sino magia frente a una imprescindible disposición humana al goce y al dolor que es influenciado por las contingencias familiares, pues el primer escenario para el amor es lo que llamamos corrientemente la familia. Hay maneras de enamorarse y desenamorarse distintas, según los complejos culturales en los cuales se inscriban.
Basándonos en este paradigma, podemos concluir que las relaciones nos brindan una extraordinaria oportunidad para observarnos. Una relación puede sacar la infelicidad y el dolor que llevas adentro y hacerlo parecer que es el otro quien te lo causa. En su libro El poder del ahora, Eckhart Tolle nos dice que: “evitar las relaciones como un intento para no sufrir no es la respuesta. El dolor está ahí. Tres relaciones en el tiempo que sea, que no funcionaron, te acercan más a tu despertar que tres años en una isla desierta o encerrada en un convento”.
Hagamos un recorrido por lo que llamamos relación de pareja. Con frecuencia tengo la oportunidad de reunirme con parejas que permanecen unidos por cualquier razón menos por lo fundamental… el amor. Se quedan unidos por miedo a estar solos, por los hijos, la sociedad, la situación económica o porque juraron ante el altar que “lo que Dios unió, que no lo separe el hombre”. Se juraron amor para toda la vida. La mayoría de las parejas caen en una rutina en la que cada cual hace lo suyo, separándose cada día más, hasta que en un instante se percatan que son un poquito más que compañeros de habitación. La agria rutina se compara a una muerte anunciada manifestándose en cuerpos cansados, dolores corporales, depresión, insomnio, ansiedad, dimes y diretes y a veces en una dolorosa enfermedad.
Por lo tanto, ¿qué nos deja el amor? Nos deja extrañas repeticiones de goces, dolores, múltiples historias, todas diferentes y sin embargo iguales frente a los eternos estragos que produce; nos deja un sinfín de mujeres insatisfechas, cansadas de penetraciones silenciosas y ausentes de erotismo y de placer. Mujeres que pasan de un amante a otro; que buscan sin encontrar; que pasan de un maltrato a una desolación y a una nada. Además, el amor me enseñó algo, algo que no puedo transmitir a nadie, o que al menos a nadie sirve: el amor me enseñó la soledad, me enseñó que en el corazón del amor está la soledad. Soledad que, al principio, me costó trabajo aceptar, pero que luego bendije como un gran instrumento de crecimiento personal.
En innumerables ocasiones, busqué a alguien que viniera a rescatarme, pero el Chapulín Colorado nunca aparecía. Así descubrí que el Chapulín Colorado era yo misma. Estaba tan cerca que se me perdía. Cuántas vueltas di antes de atreverme a pedir lo que quería y a aceptar lo que sentía por miedo al rechazo. Rechazo que no venía del otro, sino de mí misma. Me di cuenta que era muy difícil sentir resentimiento y amor a la vez. El uno se convertía en el ladrón del otro. El acercamiento y el disfrute eran imposibles mientras mi corazón estaba lleno de resentimientos.
Aprendí a escuchar lo que mi pareja quería decirme, a validar su experiencia como también la mía y a comunicar lo que me dolía y me molestaba. Aprendí a no tomar las cosas personales y a comunicarme sin atacar ni culpar al otro; a reconocer mi abandono, abandono que él no podía llenar porque él también, en ocasiones, se sentía abandonado.  Reconocí que cada cual es el responsable de sus acciones y reacciones y que muchas veces reaccionaba ante la amenaza de no reconocer mi propia responsabilidad en el evento. Una vez resueltos mis resentimientos, miedos, abandono, culpas y rechazos, pude involucrarme en relaciones que, aunque no perduraron, dejaron una huella significativa en mi propia realización. Reconocí que mis necesidades y vacíos no los puede llenar nadie con necesidades y vacíos porque reciclaremos una competencia de angustias en vez de amor; que no puedo rescatar a nadie, pero tampoco puedo esperar a que el Chapulín Colorado venga a rescatarme. La única persona que puede rescatarme de mi infelicidad y mis apegos soy yo misma.
Hoy doy gracias a Dios por todas esas relaciones que vinieron a añadir a mi vida experiencias y vivencias. Mis parejas fueron mis grandes maestros, los que me condujeron a donde me encontré muchas veces…sola, pero no vacía. Llena de experiencias enriquecedoras, llena de amor por mí misma y por los demás. Convencida que no vivimos en un mundo separados los unos de los otros, sino que somos UNO. Uno contigo, conmigo, con el Universo, con Dios.
Si después de revisar lo antes mencionado, te encuentras en una relación en la cual la comunicación es imposible, en la que no puedes demostrar ni decir cómo te sientes, sin esperar que el otro te resuelva; si sientes que tu pareja es un extraño y que la oportunidad de disfrutar y gozar juntos está cada vez más lejos, entonces llegó el momento de cuestionarte: ‘¿Qué hago aquí?’ Es tiempo de mirar si te estás convirtiendo en cómplice de tu propia infelicidad y deterioro espiritual. Resulta más saludable estar solo que acompañado de expectativas, corajes, indiferencia, infidelidad y desprecios. ¿Cuál es el precio de tu felicidad y tu paz? Tú lo decides.

Maya Valle es motivadora, conferenciante y coach. Separa tu espacio para el próximo seminario a fines de abril. Espacios limitados para 30 personas. Para citas de coaching y seminario, llamar a Ana al (787)214-0024. Se separará el espacio a las primeras 30 personas que se matriculen.

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