La Palabra Nuestra de Cada Día

…y perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos…
de Maya Valle

 

“En este país todo el mundo está de mal humor”, comentaba Arturo esta mañana mientras  preparaba el desayuno antes de comenzar mi rutina diaria de ejercicios, esa excitante aventura para litigar con la vejez y optimizar mi salud. Perdió el día resolviendo una situación importante, la cual le tomó más tiempo debido a la dejadez y el hastío de las personas que lo atendieron, como si el tiempo fuera un invento que no se hizo para ellos. “¿En qué lo puedo ayudar?”, jamás se escuchó. “Buenos días”, mucho menos. La sonrisa brilló por su ausencia y, como si fuera poco, los documentos que entregó se extraviaron mientras continuaban aglutinando gente. “¿Qué nos pasa, Maya, que nos pasa?” No puedo contestar esa pregunta. Solo se me ocurre pensar que elegimos modos extraños de convocar y asumir el mundo que nos rodea.
A veces me pregunto si es válido seguir hablando del vestido que me compré en Marshall’s, de los senos siliconados de las reinas de belleza, de los hombres asustados, del Viagra y sus efectos, de la paternidad ausente, cuando este país se está derrumbando, cuando todas las formas de resistencia a la violencia se están quebrando, cuando perdemos hasta la capacidad de sentir la angustia y el dolor ajenos.
Me pregunto cómo hablar de las pequeñas cosas de la vida, de la banalidad de la vida, cuando la muerte y el dolor están en el centro de todo, cuando todo lo llenan e invaden. Y confieso que a veces no sé qué escribir, o más exactamente, no sé por qué o para qué seguir escribiendo lo que escribo. Quiero hablar de otras cosas y desenfocarme de la negatividad contagiosa de la isla agresiva y disparatada donde escogí vivir, donde me enamoré tantas veces, donde nacieron mis hijos. Porque amo la vida, porque creo en la vida, en esa fuerza que me sostiene, a la que a veces llamo Dios, Jesús, energía, amigo o, simplemente, no la llamo, la siento. Porque creo en mis hijos. Esos hijos que crié con un amor inmenso y a los cuales les respeto la vida que escogieron vivir, aunque difiera completamente de la mía. Porque creo y respeto el amor en todas sus manifestaciones, aunque a veces no las entienda. Porque creo que este mundo, por insoportable que parezca un día, recobra al siguiente, quién sabe ni cómo, hasta el último de sus encantos.
A veces quisiera que las palabras, estas palabras que son finalmente mis únicas armas, fueran capaces de producir cambios, de apaciguar dolores, de frenar las muertes innecesarias, de silenciar las armas, de devolver la sonrisa a los niños y las niñas, de generar dudas en quienes nunca dudan, de multiplicar pequeños actos de vida y de fertilizar las miles de tierras que quedan abandonadas a lo largo y ancho de esta Isla bendecida.
Sin embargo, sigo creyendo que no podemos dejar de hablar de la vida cotidiana, de los sueños, de los amores, de nuestro ir y venir, del postre que me comí sin sentir culpa, de mis estados de ánimo, de querer jugar aunque sea grande. Porque sé que desde ahí se construye la vida, desde ahí se edifican el hombre y la mujer de mañana, desde ahí se construye una ética de la vida, del respeto al otro, a la otra, del diálogo y la convivencia. Es desde el diario vivir, desde su banalidad y su trivialidad, que se construye el repudio al maltrato, a la guerra, a la muerte innecesaria. Sigo creyendo que la ética de la no violencia se inicia en el patio de atrás, en la alcoba conyugal y en las pequeñas y a veces tan grandes situaciones de la vida. Es desde el diálogo sobre la novela en turno, desde los comentarios de los reinados de belleza, desde el humor relacionado con el honorable pero tan cansado miembro, desde las discusiones con los hijos e hijas, de lo que entre línea nos cuentan los medios, de la rabia que nos genera el circo de nuestra legislatura y desde la complejidad y diversidad del ser humano, donde se inicia una posible resistencia al maltrato y las guerras.
A veces se me hace difícil creer en las grandes teorías de la paz. Creo en una constante práctica de la paz desde los lugares más comunes y a veces, más insólitos de nuestras vidas. La paz se practica manejando un carro, bajo la ducha fría o caliente, haciendo el amor, estudiando con los niños, disfrutando las vitrinas del centro comercial, haciendo la compra en el supermercado,  cocinando, almorzando con un amigo o amiga, dictando una conferencia, jugando con la perra o el perro, apreciando la comida que cocinó tu marido a su gusto, asistiendo a reuniones de apoyo, entre otras. Creo en estas píldoras de vida, en estos momentos compartidos de charla tranquila y quiero creer todavía en el poder terapéutico de la palabra compartida. Quiero creer que cuando más oscuro está es porque ya va a amanecer. Quiero creer que estos tiempos tienen remedio, que no son peores que otros, que nuestros hijos, nuestros nietos tendrán pasiones, tristezas, futuros y abismos, como los tuvieron nuestros abuelos y los vamos teniendo nosotros.
¿Qué podemos hacer? No sé. Pero te comparto dos cosas que suenan interesantes. La primera la leí en un libro: “tomar aire, del contaminado, ver al cielo, gris, dejar los periódicos intactos y contar nuestras bendiciones”. La otra me la sugirió mi gran amigo José, doctor en medicina: “Come lo que te haga feliz, habla lo que te haga feliz, quiere a quien te haga feliz, corre si te hace feliz, no te muevas si eso te hace feliz. No te quites la sal, ni el azúcar, ni el amor, ni el mar, ni el colesterol, ni los sueños, y quiere a tus amigos y déjalos quererte y no te opongas a tu destino porque esa enfermedad no la sé curar.”

Maya Valle es una mujer como tú. Llena de sueños, sorpresas y experiencias personales. Es una mujer que trasciende su generación enfatizando en su discurso que lo importante no es lo que hemos caminado, si no a dónde nos lleva el camino. Conferenciante, motivadora, coach espiritual, mujer y madre. Para información de servicios, talleres y conferencias ver la página mayavalle.webs.com. Para citas de coaching y más información llamar al (787)214-0024.

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