Buscando novios

Maya-Valle-2008por Maya Valle

Se me hace difícil aceptar que todo en mi vida tiene una razón de ser.  Aceptar los momentos que me estremecen y encontrar la luz al final del túnel no es fácil, especialmente cuando resuelvo una situación y de repente aparece otra sin haberme recuperado del primer cantazo. Se me aprieta el pecho y siento que la lucha ha sido en vano y como consecuencia, el pensamiento de impotencia y frustración ocupan todo el espacio.  Me desespero, lloro y cuestiono… ¿por qué?  Quiero creer que sufrir, como dice Cabral, es una pérdida de tiempo.
Vivir una vida donde no haya conflictos es lo ideal.  Sin embargo siento que esto es básicamente imposible. Si logro sanar los conflictos que forman parte de mi crecimiento personal y colectivo es probable que la ruta sea menos densa.   Siento que es importante aprovechar cada dificultad que encuentre en mi camino para ahondarla más, para conectarme de manera más profunda con mi condición de estar viva.  Observar la lección detrás del suceso, cualquiera que sea, me acerca más a la meta sin reciclar sufrimientos innecesarios.
Recuerdo cuando me enamoré por primera vez.  Fue un amor no correspondido, devastador y angustioso. Lejos de hacerle honor al amor de Rafael Hernández: “Amor, cuando tú sientas amor verás color rosas los colores”, crucé por el infierno negro que es el amor mal pagado.  A los diecisiete años, flaca, fea, sin maquillar, con el pelo como un machito inventando mundos de novelas y fantasías era muy difícil que un hombre al que añoraban tanta mujeres se fijara en mi.  De ahí en adelante fueron muchos los amores que me marcaron, que me cambiaron, que me mejoraron.  Invoco la memoria de mis amores imposibles y a veces siento que una vez fueron posibles, porque compartir en pareja no me era nada fácil.  Tan es así que me casé con mi primer novio y me divorcié once años después.
Con el tiempo aprendí que cada quien vive el amor desde su propia historia, y cada historia humana es de infinita complejidad; desde el tortuoso camino para construirnos como mujer o como hombre; desde las diferencias familiares.  Y mi familia, a la que adoro, era un revolú constante.
Después de varios enamoramientos, de pasiones, de amores difíciles, de tragedias y estragos, hastiada de buscar sin encontrar, decidí no buscar más.  Sin embargo, la búsqueda me enseñó algo, algo que no puedo transmitir a nadie, o que al menos la gente rechaza: el amor me enseñó la soledad, me enseñó que en el corazón, aunque a veces no me agrade, esta la soledad.
Una noche de bohemia, mientras compartía con una vieja amiga ella me habló de un nuevo recetario para el amor o el desamor.  “Amar a alguien será difícil hasta que no te ames y aceptes a ti misma. Amarme a mí misma. Aceptarme flaca, fea, sin estereotipos, con senos chiquitos e ideas grandes, cuando los hombres las prefieren bien dotadas, sería una pesadilla.  ¿Por qué era  tan difícil aceptarme a mí misma?  Creo que lejos de ser una topografía sexual, soy una eterna guerrera. ¿Por qué salía corriendo de una relación a la menor provocación sin resolver el conflicto crónico?  ¿De qué huía? ¿A qué le temía? En la mayoría de los casos me resultaba más fácil reaccionar que buscar aquello que faltaba en mí.  Así reciclaba mi vida de reacción a proyección y de proyección a reacción.
Me matriculé en un seminario que ofrecía una experta en relaciones interpersonales, la cual, curiosamente, estaba soltera. Ahí escuché que estas reacciones, en su inmensa mayoría, provienen en realidad de los primeros años de vida, de la conducta incorporada para defendernos de las heridas padecidas en la infancia.  Lo que llamó la psicóloga la niña interna.  En mi caso en particular lo llamaba mi desierto afectivo.  Una prueba fuera de lo común por mi apremiante necesidad de saberme deseada y amada por un hombre y también por la necesidad de la mirada amorosa de un padre presente, no tanto física como simbólicamente.  Un padre presente en las caricias, en los gestos, en la vida cotidiana, en la palabra.  Amar para mí era colmar y calmar todas esas carencias, cobrar a la vida lo que ésta no pudo darme a tiempo.
Decía la doctora que los dolores y frustraciones que no pudimos expresar en nuestra infancia los cargamos como un bulto en la espalda, y se expresan con nuestras reacciones antes de que nos demos cuenta.  Estas reacciones son las que nos causan los problemas en las relaciones futuras.  Tristemente, cuando estamos en una relación, los dolores y enojos no resueltos en el pasado los actuamos en el presente.  Por lo general, estos viejos dolores no aparecen hasta que nos ponemos en pareja.  La relación activa estas viejas heridas y suponemos que es nuestro compañero es el que las causa.  En muchos casos de separación el problema no se encuentra en la relación de uno con el otro sino en asuntos no resueltos de uno de ellos (o de los dos) con su propio pasado. Yo reaccioné y puse fin a buenas relaciones (tanto íntimas como profesionales) siguiendo este patrón.
“Trabajar con el niño herido es algo que no podemos hacer solos.  Necesitamos de alguien que nos permita sacar estas heridas, un vínculo que las active y las valide y que nos permita sentir lo que sentimos sin juzgarnos.  El niño o niña herid@ necesita validación de su dolor.  Sólo cuando nos sentimos validados en nuestro dolor, es que podemos expresarlo y atravesarlo. Esto toma tiempo, valor y compromiso y es fundamental dejar de culpar al otro y observar qué nos pasa y por qué reaccionamos como lo hacemos.  Hay personas que pueden ser brillantes en el nivel adulto, pero cuando vuelven a la intimidad de sus relaciones más comprometidas no son más que niños infinitamente necesitados que reaccionan frente a la falta de cariño, de atención o de reconocimiento.”
Son muchos los caminos que he recorrido, las relaciones tormentosas, los trabajos frustrantes, las personas que me “hicieron” la vida imposible, la pérdida a destiempo de seres muy amados, las enfermedades que maltrataron mi cuerpo, situaciones económicas devastadoras, en fin, mi vida no es diferente a la tuya.  Conozco el dolor en las entrañas de mi ser, pero un buen día decidí cambiar mi historia y decirle “BASTA YA.”  Agarré las riendas de mi vida con otra actitud, me acerqué a personas comprometidas con su sanación y capaces de ayudarme a sanar y me tiré de pecho con mucha paciencia.  Fácil, no fue, imposible tampoco.  Me atreví a mirar las cosas con valentía.  Me di la oportunidad de experimentar muchas cosas y me atreví a tratar cosas nuevas.  Hoy son menos los mocos y comparto mi camino con un hombre superior a lo ordinario.

Maya Valle es una mujer como tú.  Llena de sueños, sorpresas y experiencias personales.  Es una mujer que trasciende su generación enfatizando en su discurso que lo importante no es lo que hemos caminado, sino a dónde nos lleva el camino.  Conferenciante, motivadora, coach espiritual, escritora, mujer y madre.  Para información de servicios, talleres y conferencias, llamar al (787)214-0024
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